lunes, 31 de enero de 2011

Economía a tres metros bajo tierra

Varios grupos de trabajo de clase han escogido la economía sumergida como tema para su exposición.

Coincidieron en un dato que me parece muy interesante, y es que la economía sumergida está socialmente aceptada. A pesar de que es irregular, la mayoría de la gente la considera normal.

Yo he participado de la economía sumergida. Desde los 14 años hasta los 20 di clases particulares en diferentes casas. A mi me parecía muy lógico. Quería disponer de mi propio dinero, por motivos que ahora no vienen a cuento, y me busqué algo que hacer por lo que me pagaran, aunque fuera poco, y que pudiera compaginar con los estudios. Francamente, a todo el mundo le pareció de lo más normal. Todas mis amigas lo hacían: Una buzoneaba, otra daba clases como yo, otra ayudaba en la frutería de su padre…

Al contrario de lo que sucede con la evasión fiscal, que por fin empieza a estar mal valorada, en general la gente acepta que otras personas busquen una manera de ganarse la vida en la economía irregular. Estoy hablando de cosas, entre comillas, normales, no hablo de compra-venta de armas ni de tráfico de heroína. Me refiero más bien a alguien que por las tardes limpia casas y cobra en B.

Creo que en parte esta aceptación se debe a que todo el mundo reconoce que hay un gran vacío entre la necesidad de ganarse la vida y la posibilidades legales / regulares de hacerlo. Si una persona está en paro, recibe entre poco y ningún dinero de prestación, y no encuentra un trabajo legal, nadie va a escandalizarse porque haya encontrado algo “para ir tirando”.

El gran inconveniente, a mi parecer, de la economía irregular, no tiene que ver con los ingresos que el Estado deja de percibir por una actividad económica. Tiene que ver con que el que participa de ella trabaja en malas condiciones y ve sus derechos reducidos a la nada. Y tiene que ver, también, con la escasa catadura ética de los que emplean a personas a quienes pueden tratar miserablemente porque saben que no tienen otra cosa para ganarse la vida.

Carta desde el año 2056

Uno de los grupos de trabajo de clase eligió como tema de exposición la crisis del sistema de pensiones español. Como comentario, voy a reproducir una carta de mi yo del futuro.

Estamos a 29 de enero de 2056, y yo, nacida en 1989, voy a jubilarme este agosto, cuando por fin cumpla 67 años. Aun recuerdo la primera vez que tuve un trabajo. Fue durante el verano en que cumplía 14 años, y daba clases a una niña. Todo sumergido, por supuesto, ni contrato ni cotización.

Recuerdo cuando en el año 2011, en plena crisis económica, se reformó el sistema de pensiones. Viéndolo en perspectiva, me doy cuenta de que ya llevaban un tiempo preparando el terreno, metiendo miedo a la generación (la mía) que se iba a quedar sin dinero para la jubilación. Finalmente, la idea de que el sistema de pensiones que teníamos se iba a pique terminó imponiéndose, y la opinión pública (hace exactamente 49 años que me pregunto qué es eso) aceptó que era inviable y había que reformarlo.

Eso no evitó que surgieran voces en contra. En concreto, un catedrático llamado Vicenç Navarro daba dos argumentos que entonces y ahora me parecen interesantes, para rebatir la idea de que el aumento de la esperanza hacía necesario alargar los años de trabajo.

En primer lugar, argumentaba que en España la esperanza de vida había aumentado por la reducción drástica de la mortalidad infantil que había tenido lugar desde los años 70. Es decir, que si la esperanza de vida media había aumentado en 3 años, eso no quería decir que todos los ancianos fueran a vivir tres años más.

Y en segundo lugar, el argumento que más me gustaba entonces y que con más intensidad he experimentado en estos años, que el aumento de la esperanza de vida no tenía por qué suponer un aumento de los años útiles, ni de los años de bienestar. Lo que se alarga con el aumento de la esperanza de vida no son todas las etapas de la misma de forma proporcional, sino la vejez, con sus inconvenientes y achaques.

Recordando aquella época, ahora me acuerdo de algo más. Recuerdo que la reforma de pensiones tuvo lugar en medio de una crisis muy confusa, que se supone que iba a terminar con una refundación del capitalismo pero que en realidad provocó un nuevo embate neoliberal que tiró para atrás de los derechos sociales con el fin de calmar a unos mercados insaciables.

Los jóvenes no quisimos verlo venir, vendimos un trabajo estable, una vivienda digna y una pensión aceptable por ropa de colores, discotecas y la Play Station 3. Ahora ya no somos jóvenes, y ni la ropa ni las discotecas ni las consolas de videojuegos nos compensan por nuestros errores, ni por nuestra pasividad y dejadez.

Han pasado 45 años desde entonces, y desde ese día he visto cosas que no creeríais. Todavía estáis a tiempo de evitarlas, y de defender lo que es vuestro.

viernes, 28 de enero de 2011

Había una vez, en un país muy lejano…

Un grupo de trabajo de clase ha elegido la inmigración como tema para su exposición, y a mí me ha recordado a una historia.

Esta es la historia de una mujer, que abandonó el lugar donde había nacido y crecido para irse a vivir a un lugar desconocido. En el lugar de donde provenía había graves problemas políticos y económicos. La represión política era muy dura, y ella tenía familia en la oposición. Además, la subsistencia era muy difícil.

Así que hizo las maletas y se marchó. Durante el viaje coincidió con un chico que era del mismo sitio que ella, más o menos de su edad, y que también abandonaba su lugar de origen en busca de algo mejor. Cuando llegaron a esa especie de tierra prometida, no les esperaba el paraíso. Por el contrario, les esperaban la pobreza y las dificultades.

Ella encontró trabajo en el servicio doméstico, en casa de unas personas que se aprovechaban de su situación para pagarle miserablemente pero que el mismo tiempo la despreciaban como si aquel lugar no fuera su lugar. Él, tras muchas dificultades debido a su pasado político, consiguió un puesto en un gran taller, haciendo inventarios.

Un tiempo después, se casaron y alquilaron un piso, de unos cuarenta metros cuadrados de superficie. Con el primer hijo, ella dejó de trabajar para poder cuidar del bebé. Después de ese bebé vinieron dos más. En el ínterin, varios primos (tanto de ella como de él) habían decidido seguirles, y utilizaban su casa como residencia provisional. Con la llegada del cuarto (y último) bebé, el piso de cuarenta metros cuadrados pasó a albergar a 8 personas.

Él encontró un trabajo mejor, y pudieron mudarse a una nueva casa. Esta era algo más grande, y estaba en un barrio periférico de reciente construcción. Los primos, familiares y amigos que iban llegando iban encontrando sus propias casas y sus propios trabajos, con ayuda de nuestros dos protagonistas.

Nuestros dos protagonistas no fueron los únicos que tuvieron la idea de emigrar, por el contrario, lo hicieron cientos de miles de personas. Y con su trabajo y su esfuerzo alimentaron a la economía del lugar donde habían decidido asentarse, a pesar de que ese lugar no siempre les trató bien.

Los protagonistas de esta historia no vinieron de Colombia, ni de Marruecos, ni de Rumanía, ni de Nigeria. Los protagonistas vinieron a Madrid desde un pueblo de Ávila, y eran mi abuela y mi abuelo. El cuarto bebé es mi padre.

La migración, tal y como yo la veo, no es una cuestión de nacionalidad. Es una cuestión de clase.

Paradojas del microcrédito

Uno de los grupos de trabajo eligió los microcréditos como tema para su exposición, y aportaron datos muy interesantes sobre su papel en la mejora de la calidad de vida de lo más pobres entre los más pobres.

Yo me lo imagino de la siguiente manera: Me imagino a una mujer de América Latina; una mujer, por ejemplo, de Colombia. Vive en uno de los barrios más pobres de Bogotá. Vive con un hombre (me es indiferente si está casada o no) y tiene dos niños pequeños. Recibe una pequeña cantidad de dinero que le permite abrir una pequeña modistería. Es decir, una tienda de arreglos de ropa. Los ingresos de su tienda le permiten pagar la deuda que ha contraído y, además, mejorar las condiciones de vida de su familia (le permite vestir y alimentar mejor a los niños, comprarles cuadernos para que vayan a la escuela, arreglar unas goteras)…

Eso está muy bien. Es imposible (o al menos a mí me resulta moralmente imposible) negarse, oponerse de alguna manera a que los más pobres mejoren al menos un poco su calidad de vida. Ahora bien, esto no impide que el microcrédito (al igual que otros tipos de endeudamiento pero dulcificando sus matices más depredadores) se me presente como una manera de privatizar la pobreza. Y privatizar la pobreza hace imposible politizarla, convertirla en un problema político con soluciones políticas. Las soluciones (y por tanto las responsabilidades) recaen, una vez más, en los individuos aislados, y no en la estructura.

Otro de los datos que me han llamado la atención, es que parece ser que los microcréditos tienen una tasa de morosidad muy baja. Es decir, que los pobres (y en especial las mujeres pobres) siempre pagan. Así se les suponen, y se les exigen moralmente, unos valores morales más altos que a los que no son pobres. Por una extraña paradoja, a los ricos que pueden pagar se les exige una diligencia moral en el pago menor que la que se exige a los pobres que apenas consiguen salir de la miseria.

Ironías del capitalismo.

miércoles, 26 de enero de 2011

Jóvenes en crisis

Uno de los grupos de trabajo eligió el tema “crisis y juventud” para su exposición.

Me hace mucha gracia pensar que, durante nuestros años de juventud, tanto mis abuelos, como mis padres, como yo, estamos viviendo algún tipo de crisis.

Cuando mis abuelos tenían mi edad (años 30 y 40) estaban en la guerra / en un campo de prisioneros / en la cárcel / en la miseria / pasando hambre en la posguerra, o alguna combinación de las anteriores.

Cuando mis padres tenían mi edad (años 70 y 80), teníamos la crisis del petróleo, la reconversión industrial y un monstruo que iba por las noches a las casas a comerse a los jóvenes. Ese monstruo se llamaba heroína.

Ahora nos toca a nosotros, nuestra generación también tiene su crisis, que en esta ocasión toma forma de paro juvenil, de imposibilidad práctica de acceder a una vivienda digna y sobre todo del terror a ser la primera generación que iba a vivir peor que la de sus padres (teníamos que ser los primeros en algo).

Me da la sensación de que mi familia y yo (y seguramente la mayoría de vuestras familias también) pertenecemos a esa categoría de personas que siempre están en crisis. Quiero decir, que no llegamos a fin de mes ni de coña, pero tampoco llegábamos hace cinco años cuando esto parecía un cuento de hadas (Capitalismo durmiente, o Capitalismo y los siete enanitos).

La cuestión que me hace más gracia es que parece ser que hay una gran categoría de personas que siempre están (estamos) en crisis. Pero curiosamente, no se le empieza a llamar crisis hasta que quiebra un gran banco y empieza a afectar a los que nunca, ni siquiera ahora, están en crisis.

En fin, que las cosas van bien hasta que afectan a los de siempre. Y los demás… pues aquí estamos, en crisis perpetua que solo se llama crisis de vez en cuando.

¿Y eso qué es?

Uno de los grupos de trabajo de clase ha elegido el tema de educación superior y mercado laboral para su exposición, y han hecho especial hincapié en la situación de los titulados en Sociología.

Supongo que, como yo, todos los que estudiamos Sociología vivimos con la sombra de la duda de qué vamos a hacer cuando terminemos nuestros estudios. Y las reacciones de nuestros familiares y amigos no ayudan a aliviar esa incertidumbre.

Cuando le digo a alguien que estudio Sociología, normalmente me dice “¿y eso qué es?”. He intentado contestar a esa pregunta en todas las situaciones imaginables (vecinos en el ascensor, extranjeros de vacaciones, mi abuelita…), y nunca lo he conseguido, al menos de una forma satisfactoria. Y cuando el interlocutor ve que eres incapaz de siquiera definir lo que está estudiando pone una cara muy escéptica y pregunta “¿y eso para qué sirve?” o “¿qué salidas tiene?” (mi abuela, además, añadió “¿por qué no te buscas algo que puedas tener un trabajo normal?”).

Al final terminas dando más o menos una explicación de qué es la sociología y de qué posiciones suelen ocupar los sociólogos. Y entonces viene la tercera pregunta: “¿sois como los psicólogos?”.

Yo empecé la carrera por vocación, por la misma razón por la que sigo aquí después de tres años. Cuando las circunstancias me lo permiten, disfruto con lo que estudiamos. Pero cada vez que alguien me mira con esa cara, mi vocación enflaquece, y mi incertidumbre engorda.

Y entonces es cuando me pregunto, ¿es legítimo que las Universidades se pongan al servicio de las empresas para proporcionarle el tipo de titulados que estas necesitan?

martes, 25 de enero de 2011

Made in China

Varios grupos de trabajo han elegido China como tema para su exposición, centrándose sobre todo en su enorme crecimiento en los últimos años.

El otro día, en un periódico (no recuerdo cuál, aunque seguramente fuera el Público), un columnista ironizaba diciendo, “¿Recordáis aquellos tiempos en los que los chinos solo nos daban miedo si les daba por saltar todos a la vez y desplazaban la órbita de la Tierra?”, para referirse a la desconfianza que inspira en Occidente el despegue del gigante asiático.

¿Alguna vez habéis jugado a China? Es un juego muy simple. Consiste en encontrar productos que no hayan sido fabricados en China, y no valen los productos de alimentación. La etiqueta del pantalón… China. Debajo de los altavoces del equipo de música… China. El cuaderno y el bolígrafo que utilizo en clase… China. Cada artículo no fabricado en China suma puntos. Y el que tiene más puntos al final del juego, gana.

Si en el siglo XIX Inglaterra era “el taller del mundo”, por su desarrollo industrial; después de la Primera Guerra Mundial EEUU era “el banquero del mundo”, por el dinero prestado a los países en guerra; en el siglo XXI China es “la fábrica del mundo”, por el desarrollo de la producción en masa.

Después de siglos de feudalismo, llegó la apertura a Occidente, después llegó la Revolución, el régimen de Mao, y una nueva apertura a Occidente. En la actualidad, China tiene su principal activo en una enorme cantidad de mano de obra muy barata que pueden emplear en la producción en masa, lo que resulta muy rentable para inversores y empresas extranjeras. Además, es el principal acreedor de EEUU.

A lo mejor los chinos todavía pueden ponerse de acuerdo, dar un salto y desplazar la órbita de la Tierra.